Historia

El capataz removió las brasas, cebó el primer mate y quedó pensativo, abstraído en un crepúsculo naranja.
– Y ¿qué te parece Juan María (Maldonado), si la gran fiesta de la yerra la hacemos pa’ todo el pueblo?
– Estaría bueno patrón, pero habría que hacerla en el mismo pueblo porque aquí ya no cabe más gente…

Y apenas una semana antes de la fiesta de 1968 recordaron a la paisanada que inundó la estancia el año anterior. Habían sido 600 personas, para las que se carnearon cuatro novillos, doce lechones y se bebieron cinco barriles de vino tinto.

Don Aráoz, el dueño de “San Bernardo”, situada a 38 kilómetros de Ayacucho, acarició el mate tendido por su capataz y quedó contemplando el crepitar de las brasas.
– El domingo hablaré con los muchachos y les daré la idea.
Cuatro días después, en pleno asado, se firmaba el acta de creación de la Fiesta del Ternero y Día de la Yerra.
Así se selló definitivamente la suerte de una de las manifestaciones tradicionalistas más importantes del país.
Como vimos, la Fiesta fue vislumbrada en la estancia “San Bernardo”, cuando sus propietarios Ricardo y Alejandro Aráoz, yernos de Don Emilio Solanet, junto con otros amigos criadores, festejaban el fin de la yerra; en conocimiento de que el Gobierno Nacional había reconocido a la ciudad como mayor productora de terneros del país, es que solicitaron la institucionalización de la fiesta.

Esta gestión que se inicia cuando son comisionados los señores Ricardo Bernardo Aráoz y Abundio Ismael Ghuillermini para dirigirse ante la Intendencia Municipal, a efectos de que se declare el primer sábado del mes de Mayo, la Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra.
La designación de los señores Aráoz y Ghuillermini para la citada gestión ante el por el entonces intendente del partido, Dn. Guillermo Schoo Lastra, ocurrió el 6 de Mayo de 1967, obteniéndose feliz culminación el 17 de Mayo del año siguiente cuando el Gobierno del Tte. Gral. Juan Carlos Onganía dispone el Decreto Nº 2721 que instituye la fiesta para Ayacucho.
Con el citado respaldo, era necesario que se comenzara a trabajar para que la doble celebración tuviera visos de realidad. El 25 de Marzo de 1969, se reconoce oficialmente a la Comisión Directiva de la primera edición de la Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra, integrada por el Dr. Ángel Raúl Cordero, Remigio Ruiz, Rubén F. Yannone, Hernán Naveyra, Cura Párroco Pbro. Víctor Ravalli, Emilio Eijo, Rubén Alonso, Dr. Carlos Miramont, Ismael Ghuillermini, Luis Trelaun (h), Marcelo Barbieri y Alberto Biocca.
Este grupo de ganaderos, peones y vecinos, imaginaba a nuestro pueblo convertido en una gigantesca estancia abierta cordialmente al vecino, al amigo, al visitante en un día de Yerra.
Ayacucho para la fiesta, abre las “tranqueras” como si fuera una gran estancia ofreciendo a su conocimiento el exponente de su riqueza pecuaria y a su curiosidad y solaz las tradicionales labores y los entretenimientos campesinos que se remontan al comienzo de la civilización en la pampa.

Considerando que la especie bovina tiene especial relevancia en la ganadería argentina, siendo notoria la importancia del partido como zona típica de cría, ya que aporta la mayor cantidad de terneros destinados a la producción de carnes -260.000 anuales-; y al mismo tiempo considera que la yerra constituye una labor rural que por su larga tradición reviste caracteres de acondicionamiento, en donde se ponen de manifiesto singulares dotes de habilidad y se renuevan diversas expresiones criollas que forman parte del acervo nativo argentino.
El orgullo de mostrar altivamente al mundo entero la herencia recibida de sus antepasados es el nervio motor de este despliegue de actividad al servicio del visitante.
Hace ya muchos años, cuando el hombre de campo ponía su marca de propiedad mezclaba, con el tintineo de las copas y el rasguido de la infaltable guitarra, la exhibición de su singular destreza adquirida a rigor y trabajo.

A través de esta fiesta Ayacucho a querido revivir nuestra tradición, ha querido y lo ha conseguido.
Antaño se debía enlazar y pialar, dado que no se disponía de alambrados y subdivisiones de potreros como en la actualidad.
El trabajo se hacia con frecuencia a campo abierto y numerosos grupos de peones acampaban en el mismo lugar, cobijados por el calor de los fogones durante las noches, y cubiertos del cuero del animal muerto para comer.
Hoy, como ocurre en muchos órdenes, las transformaciones del sistema de producción tradicional hacen que el trabajo se realice empleando el mínimo de personal y justamente aquí cobra importancia la fiesta.
Cuando se ve desplazada nuestra antigua yerra del uso corriente, más importancia reviste la reedición de la misma.
Hoy, como años atrás, el pueblo de Ayacucho vive intensamente la fiesta, y “abre sus tranqueras” para compartir con miles de personas que lo visitan, uno de las principales eventos de carácter tradicionalista en la República Argentina.

 

Don Juan María Maldonado “la voz de la tierra”

Juan María Maldonado, ex empleado de la Estancia “San Bernardo” de Aráoz, donde se gestó la Fiesta, es uno de sus mentores y una de las voces más autorizadas para hablar de ella:
“…La yerra era un trabajo habitual en el campo, yo recuerdo en donde trabajaba, en lo de Aráoz, desde el año ’51 o ’52…
Se hacía a pial, a lazo, se invitaba a los vecinos, al principio colaboraban 10 ó 15 y se comía a campo, después en la estancia… cada vez se invitaba a más gente, era la yerra del convite. En las últimas que se hicieron hubo que carnear cuatro animales, una potranca y quince lechones. Había más de seiscientas personas, al final quedaban cien y se bailaba en un galpón, hasta “que las velas no ardan”.
Creo que fue en el año ’66, a raíz de ella fue que se nos ocurrió llevarla a Ayacucho, y con ese motivo se le presentó una nota al Intendente Schoo Lastra.
La primera firma fue la del patrón, la segunda fue la mía. A partir de ahí, se hizo en Ayacucho, con donaciones de los estancieros”.
– ¿Y… ¿cómo salió la fiesta?
“Cállese… me salió más cara que en la estancia. Eso se ha perdido un poco, pienso que debería haber más colaboración de los estancieros de la zona, donaciones de animales, con cincuenta animales los costos para la gente serían menores y estaría más animosa… y cincuenta vacas, para el Partido de Ayacucho no es nada. ¿Cómo no va a haber gente gaucha en Ayacucho? ¿Quién se va a negar? Una vaca se le muere en el campo de la fiebre, de nada.
Lo mismo la leña, juntada en el campo: una motosierra, un camión, más colaboración…
De la parte criolla, un poco desanimada por el público. Yo no puedo ir a comer porque no hay lugar o se cobra.
La Chacra… ¡linda! La pialada, media mala, hacen una calle veinte o treinta hombres de cada lado para un ternero…
Tendrían que ser ocho nomás, que tiren bien, que tiren lindo… sino se amontonan, se estorban y no se aprecia el pial. El primero hace punta, de atrás, que gane el campo… cuatro de revés y cuatro de derecho.
Otra cosa, la marca, es un trabajo para el mensual, el puestero, el peón, no es para el doctor o el Presidente… Tiene que estar puesta en el pozo de la cadera, apoyando la rodilla… en la posición que debe llevar, queda de feo sino…
Un puestero es para enlazar, para castrar, para pialar… sabe hacerlo”.
Sabrosos los relatos de Don Juan Maldonado, como el asadito de tira que mientras lo escuchamos, chilla al calor de las brasas y parece servirle de inspiración. Y sigue con los cuentos y los recuerdos de sus años mozos.
“…Soy nacido en Rauch, pero estoy desde los dos años en Ayacucho, la vida fue muy tirana conmigo, anduve muy tirao, la he pasado resereando, hombreando bolsas… primero en “Cinco Lomas” en Langueyú, fui capataz de bolsa en la estación de Langueyú, he hecho de todo…, menos quedar bien”. Nos dice con un dejo de picardía.
“Hasta el ’71 fui capataz, hoy estoy jubilado. Le dije a la vieja: …si, tiene razón, la jubilación no me alcanza para nada, llega el 20 y nos quedamos secos”.
Y ya al final de la noche, removiendo los rescoldos de las brasas, como queriendo encontrar en ellos los últimos recuerdos, me habla de bueyes perdidos, me dice que: “…me gusta el pescao de arroyo, el de mar no tanto”.
El hombre está enraizado en la tierra, no puedo evitar acordarme, cosas del pueblero “leído”, y de aquellos versos de José Martí, cuando dice en “Guantanamera”: “…el arroyo de la sierra, me complace más que el mar”.
Agradecido del diálogo, de tanta autenticidad, de esos ochenta y tantos años, de una vida tan dura y a la vez tan simple, de esa sencilla sabiduría que le brota al viejo criollo, nos despedimos.
Su sola existencia, Don Juan, es una barrera a la frivolidad, al extranjerismo, a la superficialidad.
(nota extraída de la revista oficial de la Fiesta, año 1988, página 38)
Comisiones elegidas anualmente en asambleas populares organizaron las cuatro primeras ediciones,
las que le imprimieron desde sus orígenes, la característica y el espíritu que ella anima, representatividad de auténticos valores tradicionales y de la relevante riqueza pecuaria del Partido, abierta a las más variadas expresiones artísticas y artesanales, eminentemente popular y comunitaria, resultado del esfuerzo moral y material de toda la ciudadanía que refleja en su accionar las cualidades de generosidad y cordialidad que le caracteriza.

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